29.11.09

Obras públicas



El grupo metálico utilizaba las mismas 8 notas que Beethoven escogió para dar comienzo a su quinta sinfonía. Nada es casual. Nos movemos en un universo circular con tendencia a la reiteración, o más bien a la recreación. En la calle no había nadie. Eran las 3 de la mañana y los currantes de las obras se habían ido a beber y luego a dormir.

En este otoño podrido había más de 120 zanjas abiertas por las calles de la ciudad. El amo lo había reconocido en una rueda de prensa. Era por el bien de los ciudadanos. El taladro, la devastación y el horror estético eran por nuestro bien. Quizá fuera cierto. Yo y muchos como yo nunca habíamos odiado tanto al poder desde el inicio de esta desintegración de nuestro pequeño ecosistema urbano. Todo se hacía en nombre del futuro. Todo merecería la pena, rumiaban los jubilados a pie de valla. Claro, tras una vida de estafas lo normal era pensar que semejantes tinglados quizá fueran por un bien superior. Que los atascos de media hora para atravesar 500 metros de avenida tenían una justificación ética y estética. Que las precarias pasarelas de hierro oxidado eran una inversión a largo plazo.

Pero no. Nuestras mentes aún no se habían oxidado tanto como las de nuestros parientes sexagenarios. Nuestras mentes aún conservaban un poco de raciocinio, quizá por no haber madrugado tanto como ellos, y no podían hacer otra cosa que asombrarse por tanta locura, por tanta destrucción de la simplicidad de las cosas que funcionaban perfectamente antes de ser desmontadas y vueltas a construir para conseguir una mínima bajada en la imparable tasa de paro. Claro, algo había que hacer con los constructores cuando ya no tenía sentido seguir edificando casas que nadie podría comprar. Algo había que hacer con las contratas que financiaban ilegalmente a los dos grandes partidos del panorama nacional cuando el currito ya no podía entramparse durante 2 generaciones para comprar un chiquero por la ausencia de crédito bancario.

Mientras el grupo metálico recreaba el comienzo de la Quinta de Ludwig Van pude pensar con claridad y descubrí que la acera de enfrente había sido levantada y vuelta a pavimentar no menos de 4 veces en los últimos dos años. Hum, sí, joder. Quizá se trataba de generar empleo mediante obras sin sentido. Quizá alguna mente sádica de las alturas ocupaba su tiempo libre en recrear sobre el obrero la sádica condena de Sísifo.

Lo más curioso era que cada vez que llovía la calle se inundaba en las mismas zonas, pues las nuevas aceras una y otra vez reconstruidas no habían modificado el trazado erróneo de la calle. No habían desatascado las alcantarillas que nos anegaban. No habían pavimentado el firme poroso mil veces taladrado con el único fin de parchear la nueva zanja cuyo único objeto era, precisamente, ser abierta y cerrada hasta el fin de los tiempos.

El grupo metálico utilizaba las mismas 8 notas que Beethoven escogió para dar comienzo a su quinta sinfonía, aunque con cadencia y timbre distintos. Nada es casual. Nos movemos en una espiral de ciclos mayores englobando pequeños atolladeros. En la calle no había nadie. Eran las 3 de la mañana y los currantes de las obras se habían ido a follar y luego a dormir. El día siguiente estaba próximo y había mucho que levantar y asentar para volver al punto de partida una y otra vez.

Una y otra vez.

24.11.09

Nos gustaría



- Me gustaría morir matándonos. Sentir la calidez del colapso follándote a muerte, o que me destrozases la carótida en pleno polvo desesperado.
- Suena bien. A mí me gustaría asfixiarme con tu monóxido. Que mi matriz saliera despedida tras la quincuagésima embestida. Que mi lengua se trabase con la tuya en un nudo corredizo. A mí me gustaría deshidratarme de sudor y flujo mientras tú te deshidratas de sudor y semen.
- Hablamos de muerte y de vida. De orgasmo y dolor. Hablamos de lo que casi nunca cuentan ni los libros ni las películas.
- Algunos libros sí, nene.
- Bueno, es verdad. El cine es lo que está podrido, salvo quizá por el este, por oriente.
- Me gustan tus palabras. Tus palabras también podrían matarme de gusto y dolor.
- Pero el dolor es uno de los componentes del placer. Quizá pudiéramos conseguir la mezcla adecuada. El cóctel capaz de elevarnos hasta lo más alto para luego dejarnos caer al vacío.
- Y morir.
- Joder, se nota que es otoño. Sí. Y morir. Todos tenemos esa asignatura pendiente, así que nada más liberador que hablar de ello con naturalidad.
- La libertad de escoger no ya la forma de muerte sino la forma de muerte voluptuosa.
- Esta historia no puede titularse "de amor y muerte" porque aquí no hay amor.
- ¿No me quieres?
- No, y tú a mí tampoco. Tan sólo nos atraemos a muerte, que es mucho más de lo que mucha gente experimentará en sus breves vidas.
- Tan breves como las nuestras, supongo.
- No en términos relativos, amiga.
- Jaja, me atraes mucho, ya que parece ser que no te quiero.
- Y tú a mí, zorra de las profundidades satánicas.
- Lo cual no es más que un adorno estético.
- Incluso una pose.
- Exacto.

- Me gustaría ser el extraterrestre que analizase tu interior suave y rosado. Me gustaría ser la sonda que te inoculara la verdad en un mundo carente de certezas. Me gustaría no ser para arrastrarte conmigo al abismo.
- Pero ya estamos en el abismo, amigo. Hace tiempo que nos dejamos engañar por el olor y las artes del otro. Hace una eternidad que buceamos por los pliegues de nuestras carnes en busca de vete a saber qué. Quizá hace tiempo que...
- ¿Morimos?
- Pues no sabría decirte. Hay días que me levanto de la cama como dolorida. Con la sensación de que todo lo que hay no es más que un escenario, una trampa para pardillos.
- Conozco esa sensación, especialmente cuando toca resaca.
- Bueno, es que con resaca la cosa se vuelve totalmente cómica. No hay paredes. No hay cielo. No hay cuerpo ni sensaciones táctiles. Todo es hueco y flotante, como el corcho.
- Amiga, eres la hostia.
- No, tú sí que eres la hostia, amigo.
- Jaja, esto es bueno, sea lo que sea.
- Lo es, y me gusta que hayas tenido que ser tú.
- Mierda, lo dices como si fuera una condena, o el menor de los males en una escala de horror.
- Lo digo tal y como lo siento.

- Me gustaría no haber existido nunca y que me hubieses acompañado en la no existencia. Imagina el placer por omisión del saber que no se va a ser. Siente conmigo el vértigo de un futuro imposible anclado en un pasado inexistente. Me gustaría que sólo fuésemos aire turbio dando vueltas por ahí.
- Es fuerte lo que te gustaría.
- Es tan real como imposible. Digamos que cobra certeza en este mismo momento, con mis labios vocalizándolo muy cerca de tu oído derecho.
- Puto pornógrafo.
- Absolutamente.
- A mí me gustaría haber tenido la suerte de no conocerte en esa no existencia fruto, esta vez sí, del azar que nos hizo coincidir una vez hechos materia, dolor y ansia.
- De madrugada.
- Porque sólo en las madrugadas es posible llegar a estas conclusiones.
- Es curioso. Comenzamos jugando con vida y muerte cuando no son más que simplificaciones de un concepto mucho más amplio.
- Te veo venir.
- Nadie puede describir la nada que no puede experimentarse de manera consciente al no haber... nada.
- Exacto.
- ¿Una caña?
- Que sean 10.
- Ok.

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Sonido: Tragic pad (Southmac)

20.11.09

Merecidos



A la certeza del nuevo amanecer se une la seguridad de la noche que cegará todas nuestras aspiraciones. A la luz del día que comienza se contrapone la tristeza por la eterna oscuridad que acabará por diluirnos. A la lujuria de escribir sobre tu recuerdo se soslaya el resquemor por la tibieza que nos envuelve.

Hay una amenaza latente. Hay un color de implicaciones siniestras tintando cualquier proyecto. Hay un silencio mucho más largo de lo aceptable en partituras.

A la sonrisa descubriendo que el sueño fue intenso y el descanso suficiente se asocia la seguridad de futuras noches en vela. Al ritual del té matutino que inspira y acciona se pega esa pereza de volver a ser, de volver a repetir los pasos que quizá erramos. A la viciosa enfermedad de la vida se yuxtapone la triste lógica mortal que acabará por devorarnos cuando sea demasiado tarde.

Hay un deseo que germina. Hay una secreción de glándulas animales despejando cualquier duda. Hay un lamento que no sabe si es de placer o dolor. Hay un él o una ella perturbándonos el descanso.

A la relajación posterior a nuestro último encuentro se asocia la tensión por saber si volveremos a vernos. A la saciedad del mayor orgasmo se niega la más pequeña de las ausencias. A la lluvia de estrellas que esconde tu mirada le corresponde la devastación de mi planeta abrasado por el sol.

Hay un todo inconcluso. Hay una postergación del orgasmo que confunde entrega con plenitud. Hay una lluvia de piedras sobre tu cuerpo inmaculado mientras lloro las lágrimas que omito de puro dolor.

Al roce de los metales que atrapan pieles se sucede la liberación de las cerraduras reventadas. A la tensión de la atadura correosa se impone la necesidad del cuchillo. Al sepulcro en vida le corresponde la única resurrección posible.

Porque aún hay tiempo. Porque todavía no es demasiado tarde. Porque merecemos mejores merecidos.

Bésame.

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Imagen: Tanya Chalkin
Sonido: Quis et homo (Pergolesi)

17.11.09

Lo más duro de todas las cosas



El día se hizo noche y las gotas del rocío evaporaron su humedad por aquello del sol naciente. Los insectos murieron fumigados y los pájaros se quedaron sin comida. Los viejos siguieron yendo al cementerio porque era un buen paseo y el médico les había recomendado caminar. Tú volviste de lejos, de muy lejos. Y volviste sana y salva.

El paro se transformó en curro y el político en buitre carroñero. El dios de turno resultó ser una rata y sus sacerdotes sedientas sanguijuelas de sangre. Cualquier amanecer podía resumirse en la última gota de dorada meada en la punta de mi capullo. Toda esperanza no era sino engaño. No había ni alma, ni esperanza, ni deseo ni locura. Tan sólo la calma de los vertederos. La autocombustión de la basura.

El asfalto de la avenida se transformó en nuevas zanjas. La posibilidad de un otoño lluvioso resultó quedar en un par de tímidas e insuficientes borrascas atlánticas. El filo de la cuchilla se había oxidado, así que al afeitarme corrí cierto riesgo de infección. Tu puto culo no valía lo que pedían por él, quizá por eso decidí no entrar en la puja. Y los niños siguieron educándose en las escuelas del odio. Y los muertos siguieron pudriéndose en sus nichos.

Al año le quedaban un par de meses pero no habría novedades en la nueva ficción. La ciudad seguiría languideciendo hasta ahogarse. Los viajes volverían a ser ese desplazarse dentro de uno mismo sin llegar a ningún sitio nuevo. Hijos de puta. El planeta seguiría gobernado por ellos y quizá poblado por todos nosotros. Más allá de pandemias inventadas y profetas de la falsa catástrofe. Más allá de vergüenza y dignidad. Más allá de cualquier atisbo de cordura.

A nuestra vida le quedaba un tiempo indefinido, pura incógnita, y eso sí que era una suerte. Nada como no saber la cifra de días restantes. Nada como vivir en la más apacible ignorancia. Nada como no caer en las garras de terribles enfermedades o ser víctimas de la simple ansia de romanticismo en forma de bañera tibia y desangrada. Nada como estar vacunado contra el tétanos.

A veces todo resultaba tan sencillo como pararse un segundo a respirar hondo y cagarnos en cualquier potencial suerte. A veces las cosas se complicaban por puro masoquismo inercial, o por pura inercia masoquista, como más te guste. Hum, creo que la segunda opción es la menos ebria. A veces las mayores cimas del dolor se convertían en las más apaciguadas vaguadas de calma.

Lo más duro fue descubrir que ya no me querías.

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Sonido: Portsmouth (Oldfield versión)

14.11.09

¿Sientes el calor? (y II)



Ella no se fue porque decidió participar en el juego que Alberto le proponía. En toda relación hay momentos duros donde una de las dos partes acaba cediendo consciente o inconscientemente. Quizá ella pertenecía al segundo grupo. Así fue como entró en la trampa de la privación sensorial. En el laberinto de la inmovilidad.

Ella está muy quieta. Influye el hecho de que alguien ha atado sus tobillos a sus muñecas. Piénsalo. Hay varias posibilidades a la hora de escoger esa forma de inmovilización, pero todas tienen en común el total ofrecimiento de la víctima. Piénsalo un poco más. Tobillos y muñecas. Un buen nudo coronando la más sinuosa de las ataduras. Nunca me gustó el bondage, y quizá a ti tampoco, pero vuelve a pensarlo. Imagínate el cuerpo de Nora congelado de ese modo. En una poética pausa de alta definición.

Ella había agotado la paciencia de Alberto. Si a un hombre lo bombardeas con demasiada socialización acaba por enloquecer. Si a un hombre le haces acudir a todas las citas culturales recomendadas por las publicaciones especializadas acaba por estallar. Sí, ya sé que hay hombres que acceden gustosos a ese ritual. Desengáñate. No son hombres. Quizá no sean ni seres humanos. Nadie soporta una sobredosis de vida urbana cultureta. Nadie por mucha pasta que lleve en sus gafas (las mías son de titanio, tranquila) puede resistir la inacabable muestra de inanidades que se nos ofrecen a diario. Todo tiene sus límites, sus procesos selectivos. Lo que no puedes hacer es obligar a saltar la sagrada frontera entre interés y simple asistencia.

Ella suda levemente, pero en la habitación no hace calor. Unos 20 grados, adecuados para ropa suave pero escasos para la total desnudez. Digamos que ella suda frío porque el juego se ha ido de las manos. Porque quizá no quería jugar aunque al final haya accedido... Ahora está sintiendo lo que Alberto tras la maratón de monográficos, actuaciones por la solidaridad, por el mestizaje, por el maltrato, por la muerte negra. Ahora ella asiste a la representación que podrían haberse evitado a cambio de unas agradables cañas con charla en 2 bares y medio. El medio se llamaba casa. Y en casa había más actividad cultural y mejor calidad alcohólica que en 2 Madrides con sus 12 millones de no existentes habitantes.

Ella sabe que Alberto no está del todo pirado aunque a veces le den sus puntos. Todos tenemos una vena sensible en la sien. La vena. La vena que puede inflamarse cuando alguien te bloquea en el tráfico poniendo en peligro la integridad de carrocería y alma. La vena que puede saltar en la cola del paro cuando el funcionario resulta ser un tipo sobradete al que se la sudas más de lo que recomienda el manual. La vena que revienta en las colas del cine, cuando íbamos al cine, en la cola del mercado, cuando íbamos al mercado, en la cola del hospital, hasta que decidimos cosernos las heridas para ahorrarnos la siempre estúpida y paranoide charla del medicucho de turno.

Ella escucha la voz de su ¿amado? como si estuviera a mucha distancia. La voz de Alberto es dura aunque con ese matiz morboso que tanto llegó a excitarla. Claro que, joder, hacía tiempo que no follaban como ANTES. Y el antes quizá empezase ayer, o hace una semana. ¿Cuándo empiezan los antes que nos joden la vida convirtiéndola en algo previsible y peor? ¿Cuándo se agota la paciencia y esa vena de la sien empieza a hincharse? ¿Cuándo es ya imposible dar marcha atrás?

Ella tiene miedo, siente el miedo. No es lo mismo tenerlo que metérselo dentro. No es lo mismo un dedo que una polla. No es lo mismo una polla que dos coños y dos lenguas. Si añadiésemos pieles y ojetes a la ecuación esto no acabaría nunca. Odio empezar progresiones finitas en apariencia pero infinitas en esencia. Ella siente la respiración de Alberto recorriéndole la espalda. Bajando desde nuca hacia coxis. Esto sí que es una road movie de puta madre. Sin pantalla. Sin altavoces reverberantes. Sin sonido envolvente ni comedores de maíz. La respiración del verdugo calentándote, oliéndote cuesta abajo. Ambos sienten el aire cargado de excitación porque al final del acantilado está el pantano con sus troncos flotantes, algunos de los cuales son cocodrilos capaces de arrancarte un brazo. Ambos son conscientes del peligro potencial que se esconde tras cualquier privación sensorial.

Ella está húmeda en contra de su voluntad. Cuando las cosas se van de las manos hay que aparentar una calma que no se tiene. Hay que cortar el rollo a cualquier precio. Todo precedente podrá utilizarse en contra tuya si eres subnormal. Si no te van las sensaciones al límite. Alberto ha encendido un cigarro porque ella ha oído el chasquido del mechero. Ahora puede también oler su humo. Alberto fuma demasiado, pero que le jodan. Alberto es quien ha atado sus tobillos y muñecas. Alberto es su verdugo y que le jodan si fuma más de la cuenta. Ella se estremece. Ella esperaba caricias lúbricas. Lenguas horadando orificios secretos. Incluso alguna hostia controlada. Ella anhelaba una polla contundente a punto de iniciar bombeo compulsivo. Pero no. Alberto se está limitando a fumar. Alberto toma aire y susurra mucho más cerca de lo que sus oídos habían intuido: ¿sientes el calor?

Ella siente el calor. Es una sensación aguda, concentrada en la cara interna de su muslo derecho.
- Sí, joder, grita. Claro que lo siento. Por favor, no me quemes, llora.
- Entonces, repite Alberto, ¿sientes el calor?
- Pues claro que sí, hijo de la gran puta. Fóllame, escúpeme, mátame, pero no me quemes, por favor, no me quemes jodido psicópata.
- Nadie va a quemarte, zorra. Tan sólo quiero que sientas el calor. Algún día no habrá calor y lo echarás de menos. Yo ya lo echo de menos y me duele más que a ti, porque aún no he presionado la brasa contra tu carne. Tu problema es que no sentirías el calor aunque te estuviera abrasando.
- Hijo de puta.
- Realista más bien.

Quince minutos después ella se está corriendo. Se corre a gritos. Es el orgasmo más salvaje que ha tenido en toda su vida. Es un orgasmo que recuerda a la muerte, o al nacimiento. Ella se corre con todos los centros de energía abiertos. Incluso se mea un poco (orina, no eyaculación femenina). Incluso expulsa más metano de la cuenta por su ano sobreexcitado. Él también va a conseguirlo. Su polla acelera y frena errática entre coño y culo. Va en contra de las convenciones higiénicas, pero cuando todo está perdido a quién le importa la puta higiene. Él también está cerca del placer máximo, el placer único más allá de Sade y sus asesinatos. Todo tiene más mérito que cualquier literatura de mierda. Todo es más auténtico que cualquier relato para viejas pajilleras. No tardan en llegar con tan sólo un par de segundos de diferencia. Marcas de dientes. Lágrimas calcificadas. Contracciones musculares. Vecinos desesperados por la felicidad que intuyen más allá de sus muros hipotecados.

Ella quisiera permanecer atada por siempre. Él va a desatarla ahora mismo. El cigarro se ha consumido hasta el filtro, abandonado a su suerte en un cenicero.

Todo es nada, y viceversa.

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Imagen: Southmac (Título: Arde conmigo)
Sonido: Astronaut: A Short History Of Nearly Nothing (Amanda Palmer)



PD: a los que os guste cómo suena esto os recomiendo la desgarga del disco completo (Who killed Amanda Palmer?). La chica en solitario es un huracán más desatado que con Dresden Dolls (que ya es decir).

12.11.09

¿Sientes el calor? (I)



- ¿Te castigaban de pequeña?
- Hum, claro. Ahora ya no se hace, pero me llevé unas cuantas zurras.
- Yo también recibí alguna y no somos tan viejos. Ahora ya no se puede tocar a nadie con fines punitivos fuera del entorno sadomasoquista.
- Bueno, la familia tradicional española es lo más sadomaso que conozco.
- Estamos de acuerdo, pero no se lo digas a un juez.
- Jajaja, no, mejor no.
- Recuerdo con especial cariño aquello de "esto me duele más que a ti".
- Sí, qué hijos de puta los padres, los maestros y los compañeros abusones.
- Bueno, los matoncetes de recreo no lo usaban. Ni los profes. En ambos casos se trataba de puro sadismo.
- Nunca me lo había planteado, pero sí. El sadismo de quien tiene un poquito más de poder y puede machacar al otro... aunque es la misma relación de autoridad que había en la familia, ¿no?
- Sí y no. Es evidente que tus viejos tenían la sartén cogida por el mango. Y también es evidente que tenían el cerebro lavado según los paradigmas de la época. Supongo que habría padres sádicos, pero muchos no lo eran. Tan sólo creían educar.
- ¿Y lo consiguieron?
- Mírame. Mírate.
- No, no lo consiguieron.
- Jaja, para nada. Bueno, no con nosotros. Conozco contemporáneos que aprendieron bien la lección y hoy son responsables nuevos papis, votantes de ultracentro, competentes oficinistas y, en fin, a ellos también les duele más que a mí.
- Mierderos.
- Estrictamente.

- El caso es que llevo un tiempo preocupado por ti, mi amor.
- ¿Ein?
- Sí, sí, pequeña bastarda. Estás tocándome los cojones más de lo tolerable.
- Estás jugando, ¿verdad?
- Sí, joder, pero en parte no. En parte estoy cabreado.
- A ver, explícate.
- Es fácil. Todo ese empeño con que salga de mi cueva, con que me relacione. Todas esas polladas sociales con tus amigas, los que se follan a tus amigas, los artistas de medio pelo que exponen en Madrid, en fin, toda esa mierda de eventos, actuaciones y masturbaciones para mayor gloria del analfabetismo manchego.
- No deberías generalizar tanto, a lo mejor se pica algún manchego auténtico.
- Que les den. Yo soy como ellos pero me doy cuenta.
- Tú no eres manchego.
- No, joder, pero sí de corazón.
- Jajaja.

- ¿Tanto te jode que intente hacer de ti un ser humano normal?
- Es que para mí la normalidad no es precisamente hacer maratones culturales todo el puto tiempo.
- Ya, tú eres feliz con tu red, tu música y tus pelis. Con los relatos pajilleros y ese puesto de control que te has montado en pleno puticlub carabanchelí.
- Es que eso da la felicidad. Andar oliendo pedos por el mundillo cultural del páramo a mí me causa escozor y depresión.
- Quizá seas más inadaptado de lo que creía.
- Al contrario, a lo mejor me he adaptado demasiado... pero ¿ves? Esa es la actitud que me revienta los cojones. Ese creerte en el ojete de las cosas por ver cuatro conciertos de artistas menores y dos exposiciones del sobrino de turno.
- ¿Quién te dice que no lo consigan, que no sean los héroes del mañana?
- Mis cojones me lo dicen. A día de hoy en este país sólo queda Corcobado, y su último disco es una puta mierda en comparación con lo que hizo. Ah, no, perdona, también está Albert Plá. Su último disco es brillante. No todo está perdido. Por el extranjero hay cientos de grandes talentos. La pintura me la suda bastante si me sacas de los clásicos y el hiperrealismo. El teatro es un mal menor. De cine controlo, pero nunca vamos al cine porque me lo bajo TODO.
- Eres un radical.
- Sí. Un radical cabreado con una zorra.
- Eh, no insultes.
- Cariño, si ningún amante te llamó zorra es que jamás fuiste querida.
- Eres un puto nazi.
- Quizá lo sea, pero no de esos rapaditos cutres y homicidas. Lo mío sería más a lo grande.
- ¿En plan genocidio?
- Quizá. Empezaría por los que todavía ven la tele.
- Jajajjaja, buena idea.
- ¿A que sí?

- Entonces te castigaban de pequeña.
- Sí, ya te he dicho que sí.
- Te azotaban el culo, te daban bofetadas...
- Joder, dicho así parece que abusaban de mí. Sí, algún cachete, alguna zurra, nada serio. No sé lo que es una paliza.
- No, a mí tampoco me pateaban en el suelo del comedor.
- Eso está bien.
- Nunca se sabe, pero supongo que sí, que está bien.
- Te noto raro.
- Soy raro. Creo que tengo que castigarte por el asedio cultural al que me estás sometiendo.
- Venga, hombre.
- Sí, sí Es necesario, y me va a doler más que a ti.
- A veces me das miedo.
- El miedo es el motor de todas las cosas.
- Venga, Alberto, déjalo ya.
- Niña, esto acaba de empezar.
- Entonces me voy.
- Los cojones te vas a ir.

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Imagen: Southmac: las alfombras tienden al infinito mientras perdemos el tiempo
Sonido: Lunatic Asylum (Annihilator)

10.11.09

Rabo y cinturón



Bueno, érase una vez dos almas sensibles, un chico y una chica, que charlaban sobre la vida y el sinsentido a la sombra de un árbol muerto. Érase una vez la historia de dos almas no demasiado gemelas en lo esencial pese a las apariencias. Érase una vez cualquier tarde festiva a medio camino entre una puta semana laboral y otra, y otra más.

- Pixies tenían sentido en los 90.
- Sí, joder, pero ahora su material suena a viejo.
- No todo.
- No, la verdad es que no todo. Se salvan unos 14 temas. Bossanova es una jodida obra maestra de principio a fin.
- Es más de lo que pueden decir los Beatles desde sus tumbas.
- Por supuesto.
- Me gusta coincidir contigo musicalmente. Es raro encontrar a gente que sepa disfrutar del sonido, de cualquier sonido.
- Es que soy un bastardo musical, literario y quizá existencial.
- Estoy segura de que lo eres.
- Gracias, mi amor.
- Bésame.

Él la agarra del cuello con cierta violencia contenida. Ella parece sorprendida, pero cuando sus labios entran en contacto la duda se convierte en placer. Porque él es perverso cuando besa. Porque a ella le gusta esa intensidad pornográfica.

- Cuanta brutalidad.
- Sí, es que me pones mucho. Todo esto de las coincidencias místicas me excita como a los perros las perras en la época de celo.
- Te gusta provocar. Te gusta exhibir tu polla en la misa del domingo.
- La verdad es que no lo he hecho nunca, pero quizá me gustase, sí.
- Al fin y al cabo todo es ritual y obsceno.
- Y las ceremonias religiosas más que ninguna otra cosa.
- Ahí está.
- Hum, es tarde. Hoy ya no llegamos a la de 12.
- Jaja, qué hijo de puta.
- Hum, bastardo e hijo de puta. Reúno los requisitos para llegar lejos.
- Me pones caliente en tus momentos psicóticos, querido.
- Bueno, tú a mí me pones caliente especialmente cuando te callas.
- Pero qué cabrón.
- Nah, es broma. En realidad quería decir que me encanta disfrutar del silencio contigo, bajo este árbol muerto.
- Es el otoño. El otoño lo ha matado.
- Joder, y a mí.
- Te veo bastante vivo.
- Pura apariencia, créeme.

Repiten el beso, sabor a cerveza tibia en los paladares. Esta vez es ella quien proyecta su cuello para imprimir energía mientras él se limita a agarrar partes dispersas del cuerpo deseado. Aquí un pecho. Aquí una nalga. Puta ropa, puto otoño. Una armonía rara se apodera de la escena. El árbol sonríe desde su muerte mientras las hormigas desearían ser cigarras, y quizá viceversa.

- He oído que van a prohibir el tabaco en TODOS los lugares públicos. Estarás jodido, ¿no?
- Pues la verdad es que me la suda. Entre otras cosas porque cada vez frecuento menos lugares públicos.
- Has decidido aislarte del todo...
- No, no, para nada. Me gusta la gente en dosis pequeñas. Lo que me pone malo es que cuando hay multitudes siempre acaba oliendo a mierda. Ya sabes, la gente no puede controlar sus esfínteres y todo ese gas acaba por impregnar nariz, ropa y alma.
- No creo que haya tanto cerdo por ahí.
- Quizá no lo haya. Basta con uno para llenar de olor a mierda un vagón entero de metro. En verano ocurre con el sudor podrido de los que no se lavan, o no lavan su ropa.
- Eres tan delicado.
- Sí, joder, con los años me estoy volviendo un ser exquisito y, por tanto, intolerante.
- Poca gente presume de su intolerancia.
- Es porque estamos agilipollados por lo políticamente correcto. Joder, la mayoría no tragamos a la mayoría, así que ¿para qué mentir?
- Te quiero.
- A veces también te quiero.
- ¿A veces?
- Claro, y tú a mí. Nadie quiere todo el tiempo, sería enfermizo.
- Hum, eres raro.
- De cojones.

El cielo se mueve a toda hostia sobre sus cabezas. Nubes y claros alternan ráfagas de luz deslumbrante y amagos de chubasco. El viento es cada vez más frío porque en las cumbres de la sierra ya han caído los primeros copos. Los ojetes de los amantes se contraen cuando sopla fuerte y cortante. Somos moléculas compuestas por átomos que en sí mismos son sistemas mucho más complejos de lo que nos enseñaron en el cole. Somos universos andantes. Cualquiera de nuestras evacuaciones tiene más sentido que toda la historia del siglo pasado.

- Me gustaría que socializases más. Que te relacionases con la gente. Deberías salir. Ir a conciertos, exposiciones, teatro, performances...
- A mí me gustaría estar muerto tras haber conquistado y quemado el territorio enemigo. Tras haber violado a sus mujeres.
- No te creo. En realidad eres un alma sensible. Dices barbaridades como forma de sarcasmo extremo.
- Es posible. Ahora mismo creo que estás necesitando una buena ración de rabo y cinturón.
- ¿Qué?
- Ya sabes, te estás portando mal tocándome los cojones, así que voy a ponerte sobre mis rodillas y te voy a calentar el culo con mi cinturón de piel de cerdo. Luego quizá te folle o quizá te obligue a chupármela hasta correrme entre tus babas y tus vómitos.
- Eres tan seductor...
- Sí, joder, soy lo que se dice un alma sensible.
- Tan arrogante en tu subnormalidad.
- Si, niña, me vuelvo subnormal perdido pensando en tus lágrimas de dolorosa pasión.
- Entonces hay poco que añadir.
- Más bien nada.

Se levantan con calma mientras la nube de turno deja caer algunas gotas sobre la realidad. Cuando llevan unos 10 pasos se cogen de la mano rumbo al piso sur. Allí cada cual tendrá lo que se ha ganado a pulso. El otoño es la estación más romántica del año. Nada como encerrarse en las mazmorras del conocimiento mientras la temperatura exterior cae en picado. Nada como relacionarse con extraños más trastornados que uno mismo.

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Imagen: Margue