
El grupo metálico utilizaba las mismas 8 notas que Beethoven escogió para dar comienzo a su quinta sinfonía. Nada es casual. Nos movemos en un universo circular con tendencia a la reiteración, o más bien a la recreación. En la calle no había nadie. Eran las 3 de la mañana y los currantes de las obras se habían ido a beber y luego a dormir.
En este otoño podrido había más de 120 zanjas abiertas por las calles de la ciudad. El amo lo había reconocido en una rueda de prensa. Era por el bien de los ciudadanos. El taladro, la devastación y el horror estético eran por nuestro bien. Quizá fuera cierto. Yo y muchos como yo nunca habíamos odiado tanto al poder desde el inicio de esta desintegración de nuestro pequeño ecosistema urbano. Todo se hacía en nombre del futuro. Todo merecería la pena, rumiaban los jubilados a pie de valla. Claro, tras una vida de estafas lo normal era pensar que semejantes tinglados quizá fueran por un bien superior. Que los atascos de media hora para atravesar 500 metros de avenida tenían una justificación ética y estética. Que las precarias pasarelas de hierro oxidado eran una inversión a largo plazo.
Pero no. Nuestras mentes aún no se habían oxidado tanto como las de nuestros parientes sexagenarios. Nuestras mentes aún conservaban un poco de raciocinio, quizá por no haber madrugado tanto como ellos, y no podían hacer otra cosa que asombrarse por tanta locura, por tanta destrucción de la simplicidad de las cosas que funcionaban perfectamente antes de ser desmontadas y vueltas a construir para conseguir una mínima bajada en la imparable tasa de paro. Claro, algo había que hacer con los constructores cuando ya no tenía sentido seguir edificando casas que nadie podría comprar. Algo había que hacer con las contratas que financiaban ilegalmente a los dos grandes partidos del panorama nacional cuando el currito ya no podía entramparse durante 2 generaciones para comprar un chiquero por la ausencia de crédito bancario.
Mientras el grupo metálico recreaba el comienzo de la Quinta de Ludwig Van pude pensar con claridad y descubrí que la acera de enfrente había sido levantada y vuelta a pavimentar no menos de 4 veces en los últimos dos años. Hum, sí, joder. Quizá se trataba de generar empleo mediante obras sin sentido. Quizá alguna mente sádica de las alturas ocupaba su tiempo libre en recrear sobre el obrero la sádica condena de Sísifo.
Lo más curioso era que cada vez que llovía la calle se inundaba en las mismas zonas, pues las nuevas aceras una y otra vez reconstruidas no habían modificado el trazado erróneo de la calle. No habían desatascado las alcantarillas que nos anegaban. No habían pavimentado el firme poroso mil veces taladrado con el único fin de parchear la nueva zanja cuyo único objeto era, precisamente, ser abierta y cerrada hasta el fin de los tiempos.
El grupo metálico utilizaba las mismas 8 notas que Beethoven escogió para dar comienzo a su quinta sinfonía, aunque con cadencia y timbre distintos. Nada es casual. Nos movemos en una espiral de ciclos mayores englobando pequeños atolladeros. En la calle no había nadie. Eran las 3 de la mañana y los currantes de las obras se habían ido a follar y luego a dormir. El día siguiente estaba próximo y había mucho que levantar y asentar para volver al punto de partida una y otra vez.
Una y otra vez.








